Extraños sucesos son los que llevan a uno a un estado como el que se puede encontrar en mi mente al momento de escribir estas líneas, no sin temor aprieto las teclas en este teclado y no puedo dejar de mirar atrás de mi persona cada vez que me detengo a pensar. Ya son 7 veces las que he intentado escribir esta historia y si el temor no me supera de nuevo podré acabar con esta faena iniciada hace unos 7 días. No sé ya que pensar de lo que me depara el futuro, pero aparentemente no es algo a lo que yo quisiera atenerme, parece que yo al nacer no tuviera en mi poder un destino digno de un ser humano común para lo que yo siempre me había creído propietario. Es una lástima ver como el cúmulo de pequeños sueños y diminutas proezas que tenía en mi mente, acabaran por perder el pequeño valor que, en conjunto, eran la luz de lo que sería la supuesta razón de mi existencia, pequeñas como fuesen eran, hace apenas unas semanas, los grandes proyectos de mi insignificante vida.
Pero dejando un poco de lado los sentimiento catastróficos que me embargan, he de decirles qué sucedió hace 7 días, antes de que me carcoma la mente y lo único que quede sea un cascarón de lo que una vez fui, de llegar a suceder eso, no creo que importe que ustedes se enteren de lo que yo era antes de eso, tan solo que tenía esperanzas y en base a una de esas esperanzas, cruce por el barrio maldito de allá a 297 cuadras del centro de la ciudad.
Pues bien, estaba yo regresando de realizar un prometedor trato con un influyente amigo mío a eso de las 8:30 de la noche, habiéndome dejado mi compañero en lo más cerca que pudo a mi residencia sin afectar su apretada agenda social, yo me había encontrado con la relativa mala suerte de tener tan solo billetes grandes, si bien no repudiaba la presencia del cambio en mi bolsa, no estaba dispuesto a entregar con confianza a un taxista o un cobrador semejante suma sin esperar ver en ellos algún atisbo de maligna ambición, además de que mi elegante apariencia, producto de mi caro traje gris, mi camisa blanca, mi corbata ploma y mis queridos zapatos negros de cuero.
Decidí después de pensar un poco en las opciones, caminar las 8 cuadras que me separaban de mi domicilio, mi compañero me había traído por el lado diametralmente opuesto al que tomaba para ir normalmente a mi centro de trabajo, por lo que no estaba muy familiarizado por la zona, mas no estaba preocupado de perderme, ya que de manera superficial había pasado en transporte motorizado antes por aquellos lares y tenía una buena idea de por dónde ir para poder llegar a terreno conocido.
A pesar de tener puestos unos zapatos cuyos creadores no parecieron ver como su futura utilidad otra cosa que fuera ser lucidos, empecé a caminar tranquilo las 8 cuadras que me deparaba mi camino. Me adentré por una calle aledaña a la avenida en la que me había dejado mi compañero y giré a la derecha en un parque en el que un par de amantes parecían estar dispuestos a pasar la vida abrazados sin importar el contexto en el que se encontraban. ¡Y vaya contexto más cruel en el que se encontraban! Sin llegar a hablar de cosas sin relación como los terribles conflictos sociales que se maquinaban en el país o la ola de delincuencia juvenil que se había disparado en los meses recientes, el invierno parecía haber llegado a su máxima crudeza estos días, testimonio de su rudeza era el vaho que se podía apreciar salir de la boca de cada uno de los seres mortales que se encontraban por el lugar, decidí no prestar atención a la pequeña escena a la que cualquiera que hubiese pasado por ahí abría tenido que apreciar. Sin más, miré al nublado cielo contaminado por la luces de la enorme ciudad que tenía debajo cuyo devastador efecto en la estética del ya de por sí deplorable ambiente urbano era la de teñir de naranja lo que debió ser un natural morado grisáceo. Este triste color fue el que me llevó a salir de ese parque sin sentirme demasiado incómodo. Doblé de nuevo por otra esquina y continué con mi rumbo.
Los lugares por donde iban no tenían nada fuera de lo común, la apariencia de las casas no era ni miserable ni ostentosa, todas las edificaciones parecían no tener más que unos 10 o 15 años y un aire familiar se sentía en el húmedo aire, la mayoría tenía el frente pintado de un color blanco en el que polvo de los años ya parecía tomar ventaja, teniendo en estos frentes también puertas y portones de madera nada lustrosos. Mientras caminaba tiritando por el gélido aire de invierno que parecía querer cortarme la respiración con la sorpresiva fuerza con la que de vez en cuando arremetía contra aquella persona que maldecía ahora a los que se les ocurrió confeccionar un saco tan poco abrigador.
Caminé por 5 minutos sin mayor novedad que unos charquitos de heces de paloma que intenté evitar a pesar de que estos estuvieran secos, las casas seguían siendo de lo más ordinarias y en mi mente no cabía nada más que la satisfacción de haber hecho un buen negocio, nada además del cortante fría que cada vez se asentaba más conforme avanzaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario